Los eventos de violencia y barbarie que se han desatado en el estado de Michoacán derivados de supuestos y añejos conflictos religiosos, como punta del iceberg, generados por el atraso social, la marginación y la usurpación de las funciones del Estado, por grupos facticos pseudo religiosos y mesiánicos, y de la ignorancia fundamentalista, nos recuerdan las palabras de Claudio Magris, humanista y destacado columnista del Corriere della Sera: “Con los fundamentalismos, el cristianismo, el del Islam u otros, -como el de la Nueva Jerusalén-, Dios no tiene nada que ver.
El problema no es tanto si
la fe en Dios existe o no, sino si la idea de Dios es una idea fuerte, que da
sentido o es una idea absurda. Yo siento, escribe Magris, con fuerza la idea de
Dios. Luego pienso que como no se puede demostrar, uno debe de vivir con eso”.
Pero parece que los
mexicanos que presumimos, tanto la mayoría católica, como la dinámica minoría
evangélica, de ser uno de los pueblos más cristianos del planeta nos conducimos
como si la idea de Dios no se sintiera. Un amigo anónimo me hizo llegar esa
respuesta de José Vasconcelos a Romain Rolland, con fecha 4 de Febrero de 1924:
“Somos una nación atea, en el peor sentido del término, atea no tanto porque
reniegue de dogmas sino porque carece de ideales, porque cuando no nos burlamos
del ideal, lo pisoteamos y lo desconocemos. Llámese justicia; llámese libertad;
llámese voto; llámese amor, no hay nada sagrado entre nosotros…”
Duro, ¿no? Cierto, ¿no?
¡Cuán lejos nos encontramos de los cristianos del siglo III, antes de que el
Imperio Romano proclamara con fuerza impositiva su idea de Dios! Escribía
entonces uno de ellos al aristócrata pagano Diogenetus: “Los cristianos no se
distinguen de los demás, ni por el país,
ni por el idioma, ni por la ropa. No habitan ciudades reservadas, no usan algún
dialecto extraordinario, su modo de vida no tiene nada de singular, se
conforman con las costumbres locales para su vestimenta, comida y manera de
vivir y de veras paradoxales de su república espiritual.
Residen en su propia patria,
pero como extranjeros residentes; cumplen con todos los deberes ciudadanos y
toda tierra extranjera es su patria y toda patria una tierra extranjera. Son en
la carne, pero no viven según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son
ciudadanos del cielo. Obedecen a las leyes establecidas y su manera de vivir
rebasa en perfección todas las leyes…En una palabra, lo que el alma es en el
cuerpo, los cristianos lo son en el mundo”.
¡Qué programa para los
cristianos del siglo XXI, especialmente en nuestro México, guadalupanos o
no, y
no sólo para los de la Nueva Jerusalén, un México que se parece al
Israel del profeta Isaías: “Nosotros pecábamos y te éramos siempre rebeldes.
Todos éramos impuros y nuestra justicia era como un trapo asqueroso; todos
estábamos marchitos, como las hojas, y nuestras culpas nos arrebataban como el
viento…¿Por qué Señor, nos permitiste alejarnos de tus mandamientos y dejas endurecer nuestros corazones hasta el
punto de no temerte?”…Ahora, muchos no le temen al Señor, sino a la “Santa Muerte”.

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