miércoles, 1 de marzo de 2017

MIRADA INTERIOR Teoría de los contrastes: Cuauhtémoc: símbolo y poder Por: Isaias Alanís

No hay ninguna base científica para apoyar la afirmación
de que los restos encontrados el 26 de septiembre de 1949 en la
iglesia de Santa María de la Asunción, Ichcateopan, Guerrero,
sean los de Cuauhtémoc, el último emperador de los Mexicas,
y defensor heroico de México-Tenochtitlan

Eduardo Matos
  


De 1521 al 2017 México ha sufrido toda clase de invasiones, En 1822 durante el gobierno de Iturbide se descubre una conspiración organizada por los generales españoles; Francisco Lemaur y José Dávila, son apresados. En Octubre de 1824 se promulga la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos.
A partir de ese tiempo convulso, se suceden invasiones y motines de: españoles, franceses, (1838-1839), norteamericanos (1846-1848) y durante el periodo revolucionario (1916) una vez más los gringos meten las manos en México.
Pero lo más extraño en los tiempos modernos es que las subsiguientes invasiones son toleradas por los mismos mexicanos.
De ahí que cada 28 de febrero, fecha en que temiendo una conjura en su contra, Cortés lo mandó matar. Cuauhtémoc es un símbolo de la resistencia mexica contra los conquistadores ibéricos.
La verdad sobre que sus restos fueron encontrados en Ixcateopan, Guerrero, fue una chuscada histórica, investigadores del INAH han desmentido a Eulalia Guzmán sobre la autenticidad de los restos de Cuauhtémoc.
En lo que radica el espíritu de Cuauhtémoc, es en su progresiva presencia siglos después: El hijo de Ahuizotl y futuro símbolo de la resistencia mexica en Tlatelolco,  nació en 1496 y fue educado en el Calmecac. Tras la muerte de Cuitláhuac por viruela, ascendió al máximo grado en la escala de la teocracia mexica como Huey Tlatoani mediante un sesgo coyuntural y en momentos difíciles.
Las leyendas que se han tejido en torno a su captura, el tormento de quemarle los pies y las manos para que confesara el lugar donde se encontraba el tesoro de los dioses-reyes mexicas, al igual que a Tetlepanquetzaltzin forma parte de un imaginario simbólico nacional vidrioso.
Haber sido colgado o no, en Xicalanco, en 1525, tampoco le resta mérito.
Una vez que la soldadesca sació su sed de venganza en el “último emperador azteca”, no se supo nada de sus restos y donde fueron a parar.
El 26 de septiembre de 1949, siendo gobernador de Guerrero Baltazar R. Leyva Mancilla, Eulalia Guzmán declaró la existencia de los restos de Cuauhtémoc en Ixcateopan y prorrumpe la verdad histórica, refutada por expertos en esos mismos días. Y nace el mito.
La paradoja es que tanto la muerte de Cuauhtémoc, como las de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, pertenecen a esta endeble hilatura de mentiras oficiales.
Los restos encontrado en el río San Juan, un fémur carbonizado no corresponde a los cuerpos de 43 jóvenes indígenas guerrerenses. Como tampoco la osamenta encontrada en Ixcateopan, “en el lugar del algodón divino”. Los testimonios de Bernal Díaz del Castillo, Hernán Cortés en sus Cartas de Relación,  de Francisco López de Gomara dan señales relativas al tormento y se remontan a la anécdota cuando Cuauhtémoc le muestra su puñal a Cortés y le pide que lo mate.

Lo extraño es que durante tres siglos de coloniaje, los restos de Cuauhtémoc hayan sido olvidados y borrar toda huella de la cultura astronómica mesoamericana.
Lo trascendente de Cuauhtémoc es su vigencia. Tlacatecatl de la resistencia renace ante la nueva invasión. Ayer los arcabuces, hoy consorcios y tratados de libre comercio. Ayer oro, hoy petróleo; oro, selvas, costas, montañas y sus recursos.
Ayer alabardas, hoy fusiles automáticos.

Igual que ayer y hoy, mentiras oficiales; a Cuauhtémoc lo enterraron en Ixcateopan, los 43 normalistas fueron incinerados en el río san Juan, en Cocula, Guerrero.
De la osamenta de Cuauhtémoc, un esqueleto de mujer, de un estudiante incinerado, cuatro dientes. En ambos casos el fuego fue el elemento.
A Cuauhtémoc y Tetlepanquetzaltzin les quemaron pies y manos. El último emperador mexica quedó cojo. Y la verdad histórica la dijo Rubén Figueroa Figueroa:  “todo cae por su propio peso, esperamos que hagan pronto su trabajo y digan que aquí está Cuauhtémoc para que  puedan regresar a la capital, pero con cabeza…”. La otra, se la dijo de frente a la nación Murillo Karam.

De los estudiantes desaparecidos han intentado borrar toda huella capaz de ser detectada por el carbono 14. Los normalistas fueron incinerados con llantas y leños.
Cuauhtémoc y los estudiantes, representan símbolos de resistencia ante los invasores norteamericanos. Migrantes mexicanos que han sido y serán separados, el padre de la esposa, del hijo y del espíritu de la mexicanidad. Es una ofensa, un  ataque directo al corazón de la nación mexicana. En cada migrante tratado como delincuente, está Cuauhtémoc y el espíritu de 43 jóvenes indígenas guerrerenses. Ni más ni menos.
Ya esta escrito. Sobre la piedra roja de la sangre Cuauhtémoc vive en cada mexicano detenido por la migra, en cada mexicana violentada por los sheriffs gringos. Los 43 resucitan en los corazones de los mexicanos dignos, de los guerreros de la palabra. Cuauhtémoc vive en las 56 etnias abandonadas y entre los pobres de zonas urbanas. Es un campesino yaquí despojado. Un jornalero agrícola explotado en San Quintín.

Los que no merecen nada son los tlaxcaltecas de corbata. Los exterminadores de hermanas y hermanos, de abuelos y tíos. Los que desde su mirilla de desprecio venden la riqueza de México por un plato de lentejas. Amparados en senaduría, diputación, secretaría de estado, hacen negocio con el oro lanzado al fondo del lago de Texcoco por los guerreros de  Cuauhtémoc. Nuevos tlaxcaltecas de pipa y guante. Consentidos de los medios masivos.
Cuauhtémoc, el mito, vive. Como los normalistas, no los han enterrado en ningún pedazo de barro. No importa dónde estén los restos de Cuauhtémoc. “Único héroe a la altura del arte”. Cuauhtémoc somos todos. Cuauhtémoc es el viejo despojado de su salario. El joven sin trabajo. Las indígenas acusadas de secuestrar policías, el niño incinerado en la Guardería ABC: Cuauhtémoc, octavo Huey Tlatoani de México-Tenochtitlan, somos todos.

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